sábado, 19 de septiembre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXV

20 de septiembre de 2020 - XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                                      "Id también vosotros a mi viña"

 

-Is 55,6-9

-Sal 144

-Fil 1,20-27

-Mt 20,1-16

 

Mateo 20,1-16

  

   Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los cielos se

parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su

viña. Después de ajustar con ellos un denario por jornada, los mandó a la

viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin

trabajo, y les dijo:

   -Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.

   Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo

mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:

   -¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?

   Le respondieron:

   -Nadie nos ha contratado.

   Les dijo:

   -Id también vosotros a mi viña.

   Cuando oscureció dijo el dueño al capataz:

   -Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y

terminando por los primeros.

   Vinieron los del atardecer, y recibieron un denario cada uno. Cuando

llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos recibieron

también un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:

   -Estos últimos han trabajado sólo una hora y los ha tratado como a

nosotros, que hemos aguantado el peso del día y del bochorno.

   El replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos

ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último

igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis

asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos

serán los primeros, y los primeros los últimos.

                     

Comentario

 

   La parábola del dueño de la viña constituye una de las últimas enseñanzas

de Jesús antes de su entrada final en Jerusalén. Es propia del evangelista

Mateo. Los datos de la vida real que forman el conjunto de la parábola,

permiten hacerse una idea de algunos aspectos de la sociedad en tiempo de

Jesús: situación de los obreros y campesinos, dificultad de encontrar

trabajo, el salario, etc. Pero esto no debe llevarnos a pensar que podemos

encontrar en ella enseñanzas sobre los aspectos sociales del mensaje

cristiano. Lo que el evangelio quiere transmitir va por otros caminos.

   El texto evangélico que leemos hoy consta de tres partes: La contratación

de los obreros por el amo de la viña (v. 1-7), la paga del salario al final

de la jornada (v. 8-15) y la sentencia conclusiva (v. 16), que en los otros

evangelios sinópticos se halla en contextos diferentes.

   Nada de particular encontramos en la primera parte de la parábola, si no

es la preocupación del dueño, no sólo por que se realice el trabajo en su

propiedad, sino también por la situación de quienes estaban desocupados todo

el día: "¿Cómo estáis aquí el día entero sin trabajar?".

   Lo que aparece como desconcertante e inesperado (y en ello reside la

fuerza expresiva de la parábola) es el salario que el dueño da a los

trabajadores. La paga, en efecto, no guarda proporción con la tarea que los

obreros, contratados a horas distintas, han podido efectuar. Por eso la

crítica de los primeros parece a primera vista justificada, aunque en

estricta justicia, no pueden pretender un salario mayor al del contrato.

   Llegamos así al núcleo central de la parábola que está en la actitud de

liberalidad del amo de la viña, ante quien no cuentan los méritos personales

(nada se dice de la calidad del trabajo de cada uno), pues es él quien da a

todos según su criterio.

   Esa actitud de generosidad de parte del dueño es reflejo claro de la

de Dios. Y nos muestra no sólo que sus planes son muy distintos del común

pensar de los hombres (1ª. lectura), sino que invita a todos a recibir la

salvación como un don precioso y gratuito. En la paga más que justa de los

últimos se traduce la misericordia del Padre con todos los hombres y la

bondad de Jesús con los pecadores y los que menos contaban en la sociedad de

su tiempo.

   Parece ser que la Iglesia primitiva aplicaba esta parábola a la entrada

de los paganos en la comunidad de salvación. En ella, en efecto, se da ese

cambio de situaciones por la que los últimos llegan a ser los primeros. Es

una lectura de la historia que puede haber influido en la formulación misma

de la parábola. Es de tener en cuenta, sin embargo, que ni en la parábola ni

en la realidad histórica los últimos llegados sustituyen a los que ya

llevaban mucho tiempo en la viña (el pueblo de Israel) y que unos y otros

reciben la misma salvación.

 

Los últimos

 

   La meditación del evangelio desde Nazaret nos lleva a detenernos un poco

más en la sentencia que concluye la parábola. En ella se recoge una parte

importante del contenido del texto.

   Los padres de la Iglesia han dado frecuentemente una interpretación de la

parábola desde el punto de vista de la historia de la salvación. San Agustín

escribe: "Los llamados en la primera hora fueron Abel y los justos de su

época; "hacia las nueve", Abrahán y los justos de su tiempo; "hacia

mediodía", Moisés, Aarón y los justos de su tiempo; "hacia las tres de la

tarde", los profetas y los justos coetáneos; a la última hora del día, es

decir, casi al fin del mundo, todos los cristianos". Viendo así el sentido

global de la parábola ciertamente se pone de relieve la desproporción entre

los últimos llegados y el don recibido. No sólo porque el don no corresponde

al tiempo de trabajo efectuado, sino porque los últimos han recibido la

plenitud de la salvación".

   Pero la parábola nos invita a dar un paso más. El cruce de las

situaciones que se produce entre los primeros y los últimos, es una

invitación a entender cómo es "el Reino de los cielos". Y más concretamente

cómo es el rostro de quien ha producido con su comportamiento un tal cambio

de situación. La parábola apunta hacia una fe en un Dios, dueño del mundo,

que interviene en él y se preocupa por su suerte desde el primer hasta el

último y ante quien nadie puede alegar méritos. Pero también nos invita a ver

al Padre que con su comportamiento pone en crisis los modos de pensar con-

siderados normales o racionalmente justos, para dar un vuelco a las si-

tuaciones en favor de quienes tienen menos derecho, menos posibilidades,

menos oportunidades...

   Es la misma mirada en la que nos educa la contemplación del misterio de

Nazaret, porque también allí Dios es alabado como aquél que se fija en los

humildes, en los pobres y en los últimos. Es lo que María canta en el

Magnificat cuando dice: "Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los

humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos"

(Lc 1,52-53).

   Fundamento de todo es la actuación suprema de Dios en la plenitud de los

tiempos cuando decidió manifestar su gloria en la humildad de la naturaleza

humana. En la encarnación se expresa la preferencia de Dios por lo pobre, por

lo humilde. No excluye con ello a los que son "poderosos" o "ricos", sino que

los llama a bajarse del trono y a vaciarse de sus riquezas para recibir

gratis el mismo salario que los pobres y humildes.

   La parábola evangélica llama a todos a una igualdad basada en la

gratuidad del don de Dios y en su amor.

 

Te bendecimos, Padre,

por la abundancia de tu gracia.

Tú llamas a todas las horas del día

y a todos los hombres;

das a cada uno la fuerza para responder

y para trabajar en la viña,

y, al final de la jornada,

das también más de lo que cada uno ha ganado.

Nadie puede medir tu grandeza y tu generosidad.

Te agradecemos el don del Espíritu Santo,

que en Jesús, tu Hijo, nos hace hijos,

y es ya desde ahora la señal y las arras

del premio que, cuando todo acabe,

nos darás un día.

 

Gratuidad

 

   En una sociedad como la nuestra donde tienden a intensificarse las

relaciones comerciales entre personas y grupos, quedan siempre menos espacios

para la gratuidad. Todo parece tener un precio, todo puede ser comprado o

pagado.

   El gesto del amo de la viña que paga sin medida, nos lleva a reflexionar

sobre el puesto que ocupa en nuestra vida la gratuidad.

   El primer paso de esta reflexión puede ser una apertura hacia el fluir de

la vida. En ella encontramos muchas cosas que nos son dadas gratuitamente,

sin que nos demos cuenta. Es más, son precisamente las cosas más importantes

las que recibimos gratis, empezando por el don mismo de la existencia. La

mirada de fe descubre detrás de todo lo que recibimos la mano de Dios, rico

en gracia y misericordia, cuya grandeza no se puede medir (Sal resp).

   Como consecuencia brota la actitud profunda del agradecimiento. A la

gratuidad de Dios corresponde la gratitud del hombre. Es una actitud humana

y cristiana de primer orden que lleva a la justa valoración no sólo de lo que

se recibe, sino de quién es el que da y de quién es el beneficiario.

   Pero además esa actitud debe alumbrar en nosotros la fuente de la

gratuidad, según la lógica del "gratis habéis recibido, dad gratis" (Mt

10,8).

   Quien es capaz de abrirse a la gratuidad de Dios, fácilmente entra en la

dinámica del amor, interpretando todo lo que hace como respuesta agradecida

al don recibido. A la "gracia" que viene de Dios, se responde con el

"gracias" de la vida entera. Se entra así en una dinámica que lleva a dar sin

medida y sin esperar recompensa: es la pura caridad cristiana.

   Si nos dejamos llevar por la gratuidad como sentido profundo de lo que

hacemos, contribuiremos en nuestro ambiente a crear un clima más respirable

y a fundar la existencia sobre los verdaderos valores. Estaremos de algún

modo contribuyendo a una "ecología espiritual" al crear espacios donde se

recupera la alegría de vivir al mismo tiempo que los pobres encuentran

también un puesto.

 

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf 

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